MICAELA BASTIDAS PUYUCAHUA : LA VERDADERA HISTORIA ( Por: HEBERTH CASTRO INFANTAS)

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                                          CHEPE Y MICA: UNIDOS HASTA LA MUERTE
Por : HERBERTH CASTRO INFANTAS
En medio de la penumbra de una noche fresca, desde Condebamba se veían las luces tenues de los faroles de las haciendas ubicadas en la margen derecha del río Mariño y a ambos lados del principal camino de herradura que atravesaba la hermosa campiña de Amankay.
El nombre de Condebamba le pusieron los moradores de Aymas para señalar a esa especie de altillo natural reservado a unos condes que habían llegado, de paso al Cusco.Y, de tanto decir “Este es el lugar reservado a los condes”, en su idioma nativo, con el tiempo y por abreviación, pasó a ser “Condebamba”.
Después de la conquista, no era raro ver llegar a muchos aventureros españoles, tanto de la nobleza como de la clase media, atraídos por las riquezas de este gran territorio ubicado al sur del Nuevo Mundo, llamado Perú.
Algunos visitantes, luego de su arribo al Callao, se quedaban en el puerto a trabajar como estibadores, tareas que de hecho eran muy duras. Otros se desplazaban a Lima, pero la mayoría prefería dirigirse al interior del país en busca de tierras y oro, particularmente a Cusco por la fama de sus construcciones incas, sus suntuosos templos, cuyos interiores, decían, estaban cubiertos de oro y plata.
Es así que una pareja de condes, que viajaba de Lima rumbo a Cusco, fatigados por el largo camino que duraba semanas y hasta meses, decidió acampar en Condebamba, por la bondad de su clima, menos caluroso que el de Pachachaca y más templado que el de Saywite, pasos obligados para ir a Cusco. Además, muy cerca estaba Aymas, donde podían conseguir buenos pastos para sus caballos, abundante agua y productos nativos para preparar sus alimentos.
Lo cierto es que quedaron maravillados con el lugar y hasta decidieron reservarse algunas tierras, por si acaso volvieran algún día. Pero, como nunca más regresaron de Cusco porque se fueron a Arequipa, estas tierras quedaron por un buen tiempo prácticamente abandonadas.
Actualmente existe este lugar y, felizmente que a nadie se le ocurrió cambiarle de nombre, como es frecuente en nuestros tiempos, por el prurito que tienen algunos municipios de cambiar los nombres de las calles y barrios, sin ton ni son, olvidando que los nombres de las arterias de la ciudad son como los nomnbres de las personas, no se les puede estar cambiando a cada rato.
Hoy, Condebamba, es la parada obligada en los entierros, la última curva donde el cura da el penúltimo responso, antes que el difunto es enterrado en el cementerio administrado por la Sociedad de Beneficencia Pública de Abancay.
En este lugar vivían Manuel Bastidas y su esposa Josefa Puyucahua, desde el momento que habían decidido iniciar el sirvinacuy, es decir el período de prueba prematrimonial, tal como se estilaba en aquella época. Allí tambiérn vivían algunos de sus familiares.
Manuel, era un fornido joven de origen africano que había llegado para trabajar en una de las haciendas azucareras asentadas en la parte baja de aquel fértil valle regado por las aguas del Mariño, hasta donde iba cada mañana, unas veces a pie y otras a caballo, dejando sola a su mujer que ya esperaba a su primer hijo.
Su patrón, un ciudadano de origen español, era un hombre muy gentil, a diferencia de la mayoría de propietarios de tierras que se comportaban de manera déspota. Era nieto de uno de los sobrevivientes de la guerra civil entre almagristas y pizarristas, cuya batalla final se había desarrollado el 12 de julio de 1537 en las cercanías del río Pachachaca, precisamente muy cerca de una de sus propiedades.
Algunos soldados españoles, entre ellos Juan López de Iturriaga, Prado Cabrera, Vasco de Guevara, Hernán Bravo de Laguna y Diego de Istrinigo, al igual que él, habían decidido quedarse en la Villa de Amankay, porque aquí hallaron tierras disponibles y apropiadas para la agricultura.
Con el paso de los años, el patrón de Manuel quedó como heredero legítimo de uno de esos terrenos, incluida la servidumbre.
Por su formación intelectual, este correcto hacendado se propuso conducir sus propiedades de manera diferente, bajo las normas que él mismo las estableció y dando un trato más justo al personal a su servicio, influido seguramente por las lecturas de los libros que le llegaban de Europa, sobre Francia.
A Manuel le tenía una deferencia especial por su lealtad y honradez. Lo trataba como si fuera un miembro más de su familia y no un empleado. Por eso al enterarse del embarazo de su esposa, el hacendado le sorprendió diciéndole:
-Tu hijo o hija, necesitará de un cuidado especial y de un mejor lugar dónde vivir. ¿Qué piensas hacer?
Manuel se quedó sin saber qué responderle. Y, cortando el silencio, su patrón le ofreció un terreno en una zona de clima más saludable, ubicado en Tamburco, hasta donde el inca Tupac Yupanqui, en su época, llegaba frecuentemente.
Precisamente fue este monarca, quien, en uno de esos viajes, decidió poner un tambo, al que lo denominó Tampu Orcco, (Tambo viril, en español). De ahí el nombre del lugar.
Los incas siempre tuvieron predilección por la villa de Amankay, cuyo nombre se debía a las bellas flores silvestres del mismo nombre que crecían en sus fértiles tierras que, por entonces, pertenecían a Cusco. El Inca Pachacutec también acostumbraba descansar en este valle, por su clima, la abundancia de frutos silvestres y su paisaje.
-Comprendo tu felicidad-Continuó el hacendado al ver que Manuel se limpiaba las lágrimas que le habían brotado de los ojos-Se lo emocionante que es tener un hijo. Lo digo porque no hace mucho nació mi primera hija, luego de dos varones. Ayer cumplió dos meses y no imaginas cómo me siento. Por ella daría mi vida. Otra cosa, a partir de hoy quedas en libertad para disponer de tu tiempo. Hoy más que nunca necesitarás estar cerca de tu familia. Construye tu casa, dedícate a hacer producir la tierra o a cualquier otra actividad que te asegure un buen ingreso. Vendrás a trabajar solo cuando yo lo requiera porque será muy dificil conseguir un trabajador con tus habilidades en la construcción y carpintería – Finalizó el patrón y se despidió con un abrazo.
De esa manera la joven familia Bastidas-¨Puyucahua se mudó a Tampu Orcco (Tamburco) y tomó posesión de los terrenos obsequiados por su gentil patrón.
En un principio, la pareja se dedicó al cultivo de la tierra, pero en vista que los productos que vendían no tenían mucha salida, resolvieron preparar comida para los arrieros y otros viajeros que llegaban hambrientos, tanto de la zona del Cusco como de la costa.
Hasta que una noche, después de la última merienda, Josefa y Manuel se hallaban sentados sobre una piedra contemplando la plaza, cuando de pronto ella se tomó el vientre al sentir los primeros dolores previos al parto, poniendo en apuros a su pareja.
-Iré a llamar a la comadrona- Sugirió Manuel.
-Contigo a mi lado, no creo que sea necesario pero… si prefieres…
Luego de largos e interminables minutos, Manuel y la parturienta apuraban el paso por un largo camino, en medio de la oscuridad de noche y sorpresivamente vieron una estrella fugaz haciendo su paso por el límpido cielo serrano para, finalmente, perderse detrás del Quisapata.
A los pocos minutos, coincidentemente, la estrella conocida como “lucero de la mañana” se abría paso entre las nubes y se mostraba en el firmamento en todo su esplendor.
-Dios mío, este es un presagio que su hija será famosa.
-¿Mi hija? Yo, espero un hijo varón.
-Tendrá que aceptarlo Don Manuel, será una niña. Por algo se apareció la estrella. Pronto sabremos si este mensaje de los Apus se cumple. Pero le aseguro que será una mujer muy valerosa.
-Dirás, el mensaje de Dios. Tú siempre con tus creencias incas.
Cuando ambos llegaron a la casa, la criatura ya había nacido, Manuel no salía de su asombro por la valentía de su mujer. La comadrona ya muy poco tuvo que hacer. Emocionado la abrazó y luego levantó a su pequeña hasta donde le dieron sus brazos, mirando a la comadrona, como diciéndole que no se había equivocado en su premonición.
En ese instante, Josefa le pidió a su compañero que se acercara y con la voz entrecortada le dijo:
-Tú querías un varón.
– Eso no importa. Con tal que sea como tú, me da igual. Ahora pensemos, ¿qué nombre le pondremos?
– María, como la hija del hacendado. Propuso la joven madre.
-No, a lo mejor esto no le va a gustar al patrón y yo no quiero causarle disgustos porque es muy considerado con nosotros.
-Entonces, mejor escoge tú.
-Déjame pensarlo. Ahora no se me ocurre nada. Ah, ya sé. Qué te parece si le ponemos Micaela, significa “Dios es justo”.
-Me gusta.
Pasaban los años y, poco a poco, el negocio en Tamburco fue creciendo, al igual que la niña Micaela, a quien por cariño la empezaron a llamarla La Mica.
Mientras sus padres trabajaban, Mica se iba a jugar con María, la hija del hacendado. Allí aprendió a leer y escribir correctamente porque ambas niñas recibían clases de un profesor particular, además de asistir a la primera escuela de artes y oficios que se creo en la villa de Amankay.
A los 12 años ya se había leído varios libros que llegaban de España, entre ellos la biblia, manuscritos, cartas y títulos de propiedad, varios de ellos firmados por el mismo Virrey e incluso por el rey de España.
En la segunda mitad del Siglo XVIII, llamado el siglo de las luces, Europa vivía un gran movimiento intelectual. Es cuando se producen acontecimientos políticos, intelectuales, sociales y económicos de gran magnitud y un gran desarrollo en las artes y la ciencia. Esta etapa, conocida como de la “Ilustración”, se caracterizada, además, por la reafirmación del poder de la razón, frente a la fe y la superstición, imperante, y se cuestiona el feudalismo y el vasallaje.
En Perú la situación es de injusticia y esclavitud. Se subyuga a los descendientes de los incas. Se impone un régimen de abusos, cobrándose impuestos con todo motivo, incluso a quienes no tenían ingresos.
Coincidentemente, en los Estados Unidos de Norte América, también había mucho descontento. En 1775 se inicia la guerra de la independencia que duró hasta 1783 en que Inglaterra reconoce la independencia de sus colonias americanas.
Todas estas noticias y publicaciones, muchas de ellas prohibidas, llegan a nuestro país traídas por los criollos, es decir los españoles nacidos en Perú. Y algunos de estos libros llegan a manos de la hija del hacendado quien, junto con Micaela los leen con avidez. Esto les hizo comprender mejor las cosas y les permite enterarse de los cambios que se estaban produciendo en el mundo. Micaela empieza a darse cuenta de la situación de miseria de los peruanos y la compara con la vida opulenta de los conquistadores, se da cuenta de la injusticia en el trato a los descendientes de los incas, tanto en el trabajo en las minas como en el campo, donde los indios eran considerados como esclavos. Se indigna de la forma cómo les confiscaban sus tierras y les obligaban al pago de tributos.
En 1540, ya se habían producido cambios en la propiedad de las tierras en la villa de Amankay. Es nombrado como encomendero de Ninamarca Hernán Bravo, un vecino notable del Cusco, quien vende sus derechos a Pedro de Cabrera y este a su vez los traspasa a Vasco de Guevara. Este trajo las primeras cepas de vid, frutales europeos y caña de azúcar.
Quienes no pagaban tributos, eran despojados de sus pertenencias y los obligaban a trabajar en las tierras de los españoles, donde eran azotados y torturados en busca de mayor rendimiento. Muchos de ellos morían en los campos de cultivo, deshidratados y con graves infecciones por las heridas provocadas por el látigo.
La familia Bastidas-Puyucahua que no tenía derecho a la propiedad por su condición social, vivía en constante zozobra, atemorizada porque le quiten sus propiedades o quiebre por los elevados tributos que debía pagar al corregidor.
Si no le arrebataron sus pequeñas tierras fue por influencia del hacendado y porque figuraban como suyas y no de los Bastidas-Puyucahua.
Micaela, que aún no había cumplido los quince años, se enteraba de estos abusos por boca de los indios y de los mismos españoles que visitaban la fonda de sus padres donde, luego de los primeros vasos de chicha, los comentarios menudeaban y eran expresados a viva voz como si se tratara de una proeza. Por la impotencia ella lloraba a solas y sus noches eran interminables.
Una mañana despertó con el ruido que hacían los arrieros y las bestias que cargaban oro de Potosí a Lima. y jamás imaginó que, en ese instante, su vida iba a cambiar.
Al ingresar al comedor donde desayunaban los viajeros, atendidos por las empleadas de su madre, sus ojos se clavaron en los de un muchacho, de cabellos largos que caían por debajo de un gran sombrero de lana y de ala ancha, color negro. Su vestimenta era gruesa y distinguida, confeccionada con finas hebras de vicuña y cuero. No parecía un arriero sino un noble indio.
Ella tampoco pasó desaperciba ante los ojos de aquel joven apuesto y distinguido, por su belleza, su esbeltez, su vestimenta y el ritmo de su andar. Era muy difícil que alguien no se diera cuenta de su presencia, sin embargo de sus esfuerzos por pasar desapercibida, por su talla y garbo, y batiendo sus faldas al ritmo de su andar. Sus botines cortos, de taco regular, igualmente hacían sentir sus pasos en el piso de tierra afirmada, en el comedor de la inmensa mansión.
El joven le siguió con la mirada hasta que, ella, luego de trasponer la puerta de la casa, se dirigió a la plaza para seguir caminando hacia la hacienda de su amiga, como todas las mañanas.
Micaela peinaba de trenzas y siempre estaba bien arreglada. Sus polleras, ni cortas ni largas, dejaban ver sus bien formadas piernas. Su blusa y sombrero blancos hacían resaltar su tez morena, color que había heredado de sus abuelos africanos. Sus cabellos eran ondulados, por ahí que familiarmente la llamaban “zamba”.
El joven foráneo no la perdía de vista. Y lo que más le llamó la atención fue el hecho que, apenas ella tomó el camino, sacó de su bolso un libro y empezó a leerlo porque, en esa época, solo las hijas de los españoles eran las únicas que sabían leer y escribir. Las diferencias eran muy acentuadas y la discriminación algo normal, al extremo que los españoles consideraban a los peruanos como seres inferiores.
Aquel muchacho de cabellos largos, que seguía con atención los pasos de Mica, era José Gabriel Condorcanqui, un arriero adinerado de 22 años de edad, nacido en Surimana-Canas, Cusco, hijo de Miguel Condoccanqui y Rosa Noguera. Desde que salió del colegio se dedicaba al comercio, pero jamás se jactaba de su posición económica ni de sus éxitos comerciales.
A su vuelta de Lima, viaje que duraba semanas y a veces hasta meses, volvió a alojarse en la misma posada de los esposos Bastidas Puyucahua. Pero, esta vez no logró ver a aquella muchacha que le había impresionado mucho porque, coincidentemente, se había quedado en la hacienda acompañando a su amiga mientras su padre estaba de viaje.
Por eso, decidió quedarse un día más con el pretexto que sus caballos necesitaban un cambio de herrajes, cuando su verdadera intención era otra. Pero, ni así pudo verla.
Luego de darle una propina a uno de los empleados, le pidió que le entregue el regalo que le había traído a Micaela, con la condición que nadie más se entere.
Ella, al volver de la hacienda, recibió el encargo y apenas deshizo la envoltura se dio con la sorpresa que se trataba de un libro, con una nota que decía: “Con admiración para Mica de parte de JGC”.
La muchacha, en principio, no sabía quién pudo haberle dejado tan valioso regalo. Hasta que el empleado le explicó que se trataba del joven de ojos y cabellos negros, mirada profunda, de cuidadoso vestir, sombrero de ala ancha y costumbres nobles.
Esa noche, Micaela se la pasó en vela tratando de avanzar, hasta donde se lo permitiera el aceite del mechero que le proporcionaba una luz tenue y descubrir el mensaje que encerraba cada página del libro, sin dejar de pensar, de rato en rato, en el hombre que se lo había obsequiado. Se trataba de una obra de Juan Jacobo Rousseau, traducida al español traída por algunos criollos, es decir los hijos de españoles, nacidos en Perú, que no estaban de acuerdo con las medidas dispuestas por el rey. Un discurso escrito en 1754 sobre el origen y los fundamentos de la desigualdad entre los hombres, donde Rousseau se pregunta “¿Cuál es el origen de la desigualdad entre los hombres y si la ley natural la justifica?”.
Cada frase, cada concepto, Mica los repasaba buscando su significado y tratando de averiguar qué mensajes escondían esos pensamientos, muchos de ellos difíciles de entender.
Luego de varias semanas de ausencia, José Gabriel se apareció nuevamente en Tamburco. Lo hizo en la plaza y, como siempre, montado en su caballo blanco y luciendo su sombrero de ala ancha.
Al apearse, lo primero que hizo fue buscar con la mirada a Mica. Ella, que había esperado con ansias aquel momento, apenas sintió el ruido de los caballos y el murmullo de los hombres que llegaban hambrientos y sedientos, salió a la puerta de la fonda.
No le importó las miradas de los visitantes que no podían resistirse a su belleza. Y a los pocos segundos apareció José Gabriel. En el rostro de ella se dibujó una sonrisa de satisfacción que, por recato, cambió a la seriedad, pero sin perder su encanto. Sus miradas se cruzaron con las de él. Y el muchacho del sombrero de ala ancha se acercó para saludarla y lo primero que hizo fue preguntarle que si le había gustado el regalo.
-Quien escribió ese libro tiene razón, pero no creo que tú creas en sus palabras porque eres un hombre rico y amigo de los españoles. Fue su respuesta, tajante, directa y sin tapujos.
José Gabriel no sabía qué responder. Estaba sumamente sorprendido por la interpretación que le había dado a la obra y mucho más porque la agraciada muchacha ya sabía quién era él.
-¿Acaso los hombres ricos no podemos estar al lado de los necesitados? No es como tú crees. A veces las apariencias engañan. ¿Por qué no hablamos de esto en otra oportunidad? ¿Podría verte mañana?
Micaela, esta vez fue la sorprendida por su rapidez para sacarle una cita. Era la primera vez que alguien se la pedía y no supo qué responder.
En ese momento su madre, que la observaba de lejos, la llamó. Fue cuando se dio cuenta que su hija ya no era una niña. Estaba muy nerviosa y le envió a su habitación, no sin antes recomendarle que jamás vuelva a hablarle a. un desconocido.
Al día siguiente la muchacha se levantó temprano para ayudar a su madre con el desayuno. Era uno de los pocos momentos en que la familia estaba unida, incluso con sus dos tíos por la línea materna, Antonio y Miguel, que influían mucho en su crianza.
En aquella época no era costumbre dar instrucción a una mujer. Incluso a las hijas de los españoles les enseñaba solo canto y baile. A pesar de ello, Micaela aprendió a leer y escribir, cosa que no era común para una hija de padres no españoles. Por eso estaba al tanto de todo y se atrevía a discutir sobre las injusticias que cometían el corregidor y otras autoridades españolas.
-Todos los hombres nacemos iguales y tenemos los mismos derechos.
-¿Qué? ¡Cállate¡ ¿De dónde diablos sacaste eso? Si te escuchan las autoridades será nuestra perdición. No vuelvas a tocar el tema. Gritó el padre.
-Papá, en Francia, la gente se ha levantado contra el rey. Ahora todos son iguales.
-Por favor Micaela, haz caso a tu padre, cállate por favor. Le pidió la madre, tratando de cortar la conversación.
-Yo no le tengo miedo al Corregidor ni al Virrey. La hija del hacendado me ha dicho que en su último viaje a España se ha enterado que los reyes darán leyes más duras para sacarnos más impuestos. Si no hacemos nada nos exterminarán.
-No hables más por favor. No olvides que hasta las paredes tienen orejas.
-Bueno, me voy a la hacienda para seguir estudiando con mi amiga.
Y salió hacia el salón donde los arrieros ya se hallaban esperando el desayuno. Al verla, José Gabriel hizo un ademán de saludo, pero su intento se estrelló contra el rostro imperturbable de Micaela, seguramente por la discusión que tuvo con sus padres. Y antes que terminara de cruzar la plaza sacó el libro que él le obsequió para seguir leyéndolo.
José Gabriel no esperó que le trajeran el desayuno. De un solo salto subió a su caballo y fue tras ella. Luego de trotar unos minutos la alcanzó y la invitó a subir para llevarla a donde ella quisiera. Micaela, entre sorprendida y seria, no le respondió ni una sola palabra. Al contrario, apuró el paso como queriendo huir, hasta que José Gabriel resolvió apearse del caballo y caminar junto a ella pidiéndole que le dejara por lo menos acompañarla.
Quizás el tema de la lectura del libro de Rousseau fue lo único que la convenció a Micaela para hablar con José Gabriel.
A partir de ese momento en cada viaje él jamás le hizo faltar un libro y sus conversaciones giraban en torno a sus lecturas y los cambios sociales que estaban ocurriendo en el mundo.
Hasta que un día, Micaela accedió a una invitación de José Gabriel para subirse a su caballo y dar una vuelta por los alrededores de Tamburco, diciéndole qué mejor que ella se convierta en su guía.
-¿Conoces Angasqocha? Preguntó la muchacha.
-No, ¿Dónde está?
-En un lugar oculto. Muy pocos lo conocen. Es una laguna muy bella en medio de un bosque de intimpas.
-¿Intimpas? Primera vez que escucho esa palabra. Vamos. Total, contigo iría al fin del mundo.
Allí, en las faldas del Ampay, donde reina el árbol del sol, entre garbancillos, helechos, chilcas y huancarpitas, en medio de orquídeas y huamanchilas, estaba la hermosa laguna. Y allí José Gabriel le declaró su amor.
Un silencio frío se apoderó del ambiente, mientras el joven arriero esperaba la respuesta de la muchacha que había logrado horadar su corazón. Pero esta no llegaba.
Aquella muchacha, que parecía decidida, sin temor de decir todo lo que pensaba y sentía, esta vez se hallaba atrapada en un mar de dudas. Hasta que el vuelo de un colibrí la hizo despertar de su letargo y, mirándolo en los ojos, le dijo:
-No te puedo responder ahora. Déjame pensarlo. Porque cuando ama una mujer abanquina ama para toda la vida, salvo que la traicionen.
Una vez más José Gabriel quedó asombrado con la reacción de aquella misteriosa joven. Todo podía imaginar pero no escuchar de sus labios esa respuesta. Sus títulos de noble, sus estudios en el mejor colegio del Cusco, sus lecturas de los mejores libros, su éxito en los negocios, su reputación, todo, absolutamente todo se derrumbaba en ese instante.
Jamás mujer alguna le había rechazado una propuesta de amor, en Cusco ni en Lima. Esta era la primera vez que le pedían una espera. Claro, tampoco él había conocido lo que era el verdadero amor.
-Es mejor para ambos, eso nos dará tiempo a los dos para pensarlo mejor. Afirmó la muchacha.
José Gabriel, inhaló aire y dio una fuerte palmada como reconociendo que había perdido su primera batalla de amor.
-Está bien, tú tienes la razón.
Con el ruido de sus manos, las mariposas se elevaron y empezaron a revolotear a su alrededor. Las tarucas y vizcachas corrieron cuesta arriba y el oso de anteojos, subido en un árbol, los miraba entre asustado y curioso.
A su retorno, ambos fueron dominados por un silencio frío, inexplicable y tenso. Revisaban mentalmente su actitud. José Gabriel se reprochaba por dar a conocer sus sentimientos a una muchacha que recién conocía, en la primera cita y Mica por manifestar sus dudas con toda franqueza.
Al final del camino, ella se quedó en la hacienda y él decidió continuar viaje ese mismo día.
A la distancia, aquella chispa de amor que se había encendido en sus corazones fue avivándose, al punto de convertirse en una verdadera hoguera de amor. Lo que más le atraía a José Gabriel, además de la belleza de Mica, era su inteligencia y carácter. La alegría que tenía en su rostro, su actitud positiva y seguridad para enfrentar la vida. Estaba convencido, que esta muchacha, culta, valiente, de ideas claras, dispuesta a luchar por sus ideales, tenía que ser la compañera de su vida.
Tanto se había enamorado que, ya estando en Tinta, prefirió volver a Tamburco dejando un importante compromiso que tenía en el Alto Perú, decidido a conseguir el sí de aquella muchacha que le quitaba el sueño.
Mica, tampoco estaba tranquila. Sus noches eran largas pensando en el primer hombre que le había declarado su amor. No sabía si él se hallaba en Cusco, Lima o en el Alto Perú. De manera disimulada preguntaba a los arrieros que llegaban a la fonda sobre el paradero de José Gabriel, pero nadie le daba razón.
Prefería mantenerse sola en su habitación leyendo o salir a la hacienda para buscar la compañía de la hija del hacendado, su amiga y confidente quien, al verla muy apenada, le aconsejó que acepte los requerimientos de José Gabriel, no sin antes averiguar si realmente era un hombre soltero y de buenos sentimientos.
-En esto yo te ayudaré. Hablaré .con mi padre.
Es así que ambas se enteraron que aquel joven de cabellos largos, que le había declarado su amor a Mica era un líder revolucionario que preocupaba al virrey. Un mozo que siendo noble, estaba al lado del pueblo, que luchaba por sus principios revolucionarios y no le tenía miedo a perder su fortuna con tal de conseguir un mejor trato para los indios.
Hasta que una mañana gris, de intensa garúa y olor a tierra mojada, cuando Micaela, como de costumbre, se dirigía a la hacienda para asistir a sus clases, a lo lejos vio acercarse un hermoso caballo guiado por un jinete de sombrero de ala ancha, vestido con camisa blanca, chaleco y pantalones tejidos, poncho de vicuña y botas de montar. No podía salir de su asombro, era el hombre que había logrado inquietar su corazón. Y, aparentando que no se había dado cuenta de su presencia, continuó su camino, sorteando las charamuscas y pataquishkas de aquel pedregoso sendero.
La alcanzó y de un solo salto José Gabriel se apeó de su cabalgadura y sin decirle una sola palabra se puso a su frente. Bastó una mirada tierna de él y un gesto de sorpresa de ella, seguida de una sonrisa de ambos, para que sus labios se unieran y sus brazos se estrecharan con profunda emoción. Sobraban las palabras, ambos habían esperado con ansias que llegara ese momento.
-Mica, querida mía, te amo. José Gabriel le susurró en el oído.
-Yo también te amo. Y desde hoy serás mi Chepe, mi amado Chepe.
A partir de ese momento sus citas fueron más frecuentes, pero secretas, temiendo siempre que alguien los viera. Y sus conversaciones giraban casi siempre en torno a los planes revolucionarios de José Gabriel.
Mica se convirtió en su confidente, en su mejor aliada y también en su informante más confiable.
No fue fácil convencer a los padres de Micaela para formalizar su unión porque ella aún era una niña, una adolescente de apenas 15 años de edad, aunque todos reconocían que, por sus lecturas, tenía una madurez admirable. Tuvieron que pasar varios meses para convencerlos y preparar la boda.
En vista que ella tenía la oportunidad de conocer a todos los viajeros descontentos con la corona, los convencía para que apoyen la causa de José Gabriel. Compraba armas, municiones y pólvora de los soldados al servicio del Virrey que necesitaban dinero.
Hasta que aquel inmenso amor que había nacido en las faldas del Ampay y crecido en medio de amancaes y retamas y bajo la sombra de un pisonay, se selló en el altar. Micaela aún no había cumplido los 16 años.
La boda se preparó cuidadosamente, con anticipación. Por decisión de ambos, esta no debería ser suntuosa sino más bien popular, con la participación del pueblo y de muy pocas autoridades. Los padres de Micaela llevaron a Surimana productos propios de la villa de Amankay, particularmente condimentos de todo tipo, para la preparación de los platos que le gustaban a José Gabriel y abundante maíz especial para la elaboración de la chicha. Fueron invitados algunos vecinos de Tamburco, el hacendado y su familia.
El matrimonio se celebró en la Iglesia de Nuestra Señora de la Purificación, en el pueblo de Surimana, lugar del curacazgo de la familia del novio y estuvo a cargo del padre Antonio López de Sosa. Actuaron como padrinos Andrés Noguera y Martina Oquendo. Se dice que esta unión fue la más celebrada de la historia por la comunidad de Surimana y alrededores. Se bailó y cantó durante tres días. Fue una comunión de alegría, amor y esperanza de un pueblo que amaba a su hijo más querido.
Los flamantes esposos fijaron su residencia en Tinta.
Meses después, José Gabriel fue nombrado cacique de los territorios que le correspondían por herencia y la pareja se traslada a Cusco, pero retornaba frecuentemente para vigilar sus propiedades.
De esa unión nacieron sus tres únicos hijos Hipólito (1761), Mariano (1762) y Fernando (1768).
Fue cuando los negocios de José Gabriel empezaron a ser objeto de presiones por parte de las autoridades españolas y de los arrieros de la cuenca del Río de La Plata que querían la exclusividad del transporte del mineral por el Alto Perú (Hoy Bolivia).
El virrey tampoco le quiere reconocer su condición de inca.
Entretanto, la corona empieza a cobrar tributos que no estaban al alcance de los arrieros de Cusco ni del Alto Perú. José Gabriel, en su condición de curaca, tiene que mediar entre el corregidor y los indígenas.
El establecimiento de las aduanas y el alza de alcabalas lo afectan a él y a toda la población. Es cuando decide hacer reclamos por la vía regular en Tinta, Cusco y Lima para que los indios sean liberados del trabajo obligatorio en las minas y del pago de tributos, porque no tenían con qué pagar. Siendo rechazado.
Se acentúa la crisis económica en España y se aceleran los cambios conocidos como las Reformas borbónicas. Y, como parte de estas reformas, se crea el virreinato del Río de la Plata, ordenándose la transferencia de beneficios económicos hacia Buenos Aires, en perjuicio de Lima., sobre todo por la despenalización del contrabando en los puertos del océano Atlántico.
Se incrementan los impuestos, como la alcabala, afectando directamente a los comerciantes del Cusco y del Alto Perú. Los afectados son, en su mayoría, caciques indígenas descendientes de la realeza inca y de cultura mestiza.
Y, para colmo, al virrey se le ocurrió nombrar arbitrariamente autoridades indígenas serviles al estado en perjuicio de los verdaderos jefes descendientes de los incas, que ejercen una mayor presión económica sobre el campesinado, obligando a los indios a comprar bienes a precios muy elevados.
El corregidor, mediante la mita minera, oprimía la economía de los pueblos del interior para satisfacer las demandas de Lima.
Molesto y decepcionado por la negativa a sus reclamos, el 4 de noviembre de 1780 José Gabriel inicia la rebelión contra la dominación española.
Al comienzo, José Gabriel reconoció la autoridad de la corona, aclarando que su intención no era ir en contra del rey sino en contra del abuso y mal gobierno de los corregidores. Pero, al no ser escuchado, la rebelión se radicalizó llegando a convertirse en un movimiento independentista.
Es cuando aparece la figura de Micaela Bastidas, su adorada Mica, como él la llamaba, participando activamente en la toma de decisiones .Con ayuda de sus familiares Micaela se dedica al reclutamiento de hombres y mujeres dispuestos a luchar por la causa revolucionaria y al abastecimiento de alimentos y armas. Convence a algunos mestizos y criollos y hasta a algunos curacas, para que apoyen la causa iniciada por su esposo, llegando a reclutar a miles de combatientes.
José Gabriel esgrime la abolición del reparto, de la alcabala, la aduana y la mita en Potosí, como principales banderas de lucha. En su movimiento empezaron a participar indígenas, criollos, mestizos y libertos negros para formar un solo frente. Y, al mismo tiempo, su amor por su esposa se acrecienta, reconociéndole su valor y entrega, hecho que se testimonia en una carta que le escribe de puño y letra, la misma que se encuentra en el Archivo de Indias, que reproducimos a continuación…
En algún lugar de la Cordillera de los Andes, Enero de 1782.
Mica, amor mío:
Por primera vez me encuentro rodeado de hombres verdaderos. Hay muchos hombres: inteligentes, audaces, prudentes. Los hay también fríos, calculadores, desleales, ignorantes. Hay pocos decentes e idealistas. Pero esos pocos, entre los cuales me incluyo, con el tiempo van a ser legiones, a medida que nuestro ejemplo vaya derrotando al inhumano conquistador.
Contigo por primera vez he sentido el verdadero amor. El hombre sin amor es incompleto. La civilización que nos quieren imponer ha escrito mucho sobre el amor, pero nuestra civilización hace posible la experiencia del auténtico amor. Por todo eso, para dar dignidad y amor a este mundo, estamos luchando.
Todos mis indios son hombres nuevos, hombres silenciosos, pero tremendamente revolucionarios.
Nuestro amor también comenzó silenciosamente…¡Qué misterio¡ ¿verdad? Toda la selva verde y las altas montañas, todo el mar que contemplo y en el cual me baño, la tierra que piso, las estrellas que miro ¿de dónde vienen?
Y Tú, ¿de qué mundo vienes? Porque mujeres de tu condición son raras manifestaciones que de tanto en tanto aparecen en la Tierra para purificarla y embellecerla.
Tú eres amor. Eres para ser amada.
Cuando ama, la mujer es vibración que estremece y conduce a un mundo superior.
Desde que te amo, vibro, trato de superarme. Cuando te beso, se agita mi alma, siento la presencia de la vida en plenitud.
Juntos somos la vibración profunda que trata de arrancarle el misterio al universo entero. La energía secreta de tus ojos siempre me impulsa hacia nuevos objetivos. ¡A vencer!
Quizás para ello se precise una vida, miles de hombres nuevos. Pero también sé que si estos hombres son amados por mujeres como tú, harán todo lo posible y los plazos se acortaran. Contigo junto a mí, tengo fe en mi estrella.
Mientras tú me ames formaré parte de la forja de los hombres que pelean por la libertad de todos los hombres. Tú eres el comienzo de mi libertad individual. Juntos somos la expresión telúrica de nuestra raza.
En estos momentos me avisan que los conquistadores nos están cercando….
Pronto me uniré a Ti.
José Gabriel
Como se puede ver, en esta carta José Gabriel reconoce los méritos de Micaela, elevándola al sitial que le corresponde.
En efecto, Micaela es un ejemplo de coraje y determinación en la defensa de los ideales de justicia y libertad. Jugó un importante papel como esposa y consejera de José Gabriel. Su participación en la rebelión fue vital, divulgando los pensamientos libertarios de su adorado Chepe, para mover la conciencia del pueblo. Y, sin duda que José Gabriel fue su maestro ideológico.
Como arriero, José Gabriel tenía la oportunidad de hacer muchos viajes y conocer las dificultades del pueblo, los abusos a los indios y las duras condiciones de vida de la gente. Es cuando comenzó a desarrollar sus ideas orientadas a la independencia de su territorio y en contra de las decisiones esclavistas de la corona española.
Se convirtió en el defensor del pueblo, participando en todos los casos, desde los más simples hasta los más complejos. Y en casi todos lograba sorprendentes éxitos.
Se puso en contacto con algunos prelados de la iglesia como Agustín Gorrichátegui y Juan Manuel Moscoso, Obispos del Cusco y con el obispo de La Paz, Francisco Gregorio de Campos.
Ante las evasivas y el desplante de los representantes del poder político y religioso, no le quedó otra cosa que preparar un levantamiento contra Antonio Arriaga, corregidor de Canas y Canchis, para atemorizar a los españoles y, a su vez, impulsar una reacción de la población contra la opresión española.
Después de la rebelión de Pocoata, encabezada por los hermanos Tomás, Dámaso y Nicolás Catari contra el Corregidor Joaquín de Alós, José Gabriel juzgó que había llegado el momento de actuar.
Y el 4 de noviembre de 1780 lanza su primer grito de libertad, dando comienzo a la rebelión. El corregidor Arriaga fue tomado prisionero y condenado a morir en el cadalso. Los rebeldes instalaron su cuartel general en Tungasuca.

Se dice que la captura se realizó luego de una emboscada muy bien planificada, después de una fiesta de autoridades donde abundó la comida y bebida.

José Gabriel le hizo firmar al corregidor una carta mediante la cual transfería al pueblo dinero, barras de oro, mosquetes y mulas, con los que preparó su alzamiento. Confiscó además los bienes de otros corregidores y luego de un juicio que duró seis días, hizo ahorcar públicamente al corregidor Arriaga, el 10 de noviembre de 1780 en la plaza de Tungasuca y luego lanzó una histórica proclama anunciando la abolición de las mitas y criticando severamente a los malos corregidores. Estimuló a sus tropas para que lo apoyaran hasta lograr la liberación del su pueblo. Y entre vítores a la revolución, asume el nombre de Túpac Amaru II, en honor de su antepasado el último Inca de Vilcabamba.

Lo primero que hizo el líder de la revolución fue convencer a su propia familia y a otros allegados más cercanos de Tinta, Quispicanchis y Canas, siendo Canchis (Tinta), la provincia más movilizada porque la mayor parte de sus familiares vivían allí.

Del mismo modo, Micaela Bastidas moviliza a los suyos quienes no dudaron en darle todo el apoyo que necesitaba, vendiendo sus propiedades en Abancay y reclutando gente.

También se solidarizaron con su causa numerosos caciques, proporcionándole hombres y abasteciéndole de provisiones. Se dice que nunca funcionó mejor la mita y la minca que en la organización de esta rebelión que rápidamente se extendió a las provincias del sur entre ellas a Lares, Cotabambas, y Abancay, aunque en muchas provincias también hubo resistencia por temor y desconfianza.

Es cierto que no se pudo lograr el apoyo de todos. Algunos caciques prefirieron defender sus propios intereses, sus privilegios y propiedades que habían logrado con los españoles y tampoco querían perder el prestigio y poder que les habían conferido los españoles. No faltaron, igualmente, traidores que actuaban bajo la sombra.

Para lograr sus objetivos, Túpac Amaru necesitaba del apoyo de los criollos, porque entendía que ellos tenían el manejo de las armas de fuego, conexiones y el don de la cultura y educación. Por eso fue inteligente al llamarlos y fomentar la unión de ellos con los mestizos y aborígenes.
Los criollos llamados por Tupac Amarú, no fueron los más encumbrados, sino pequeños comerciantes, artesanos y oficiales provincianos, más cercanos a los mestizos. Hizo una excepción con Figueroa y Cisneros, quienes tomaron parte de la rebelión por estar casados con criollas acaudaladas.
En su movimiento participaron también los hermanos Jacinto y Juan de Dios Rodríguez de Herrera, prominentes criollos mineros y hacendados de Oruro, quienes encabezaron a nombre de Túpac Amaru II la rebelión en el Alto Perú.
Según versiones de la propia Micaela Bastidas, su esposo habría estado en contacto con los criollos limeños Mariano Barrera y Miguel Montiel. Igualmente con Lucas Aparicio.
En Cusco, el criollo Felipe Miguel Bermúdez integró el naciente movimiento revolucionario. Igualmente Francisco Molina, hacendado criollo del Collao, quien fue responsable de pagar los salarios a los soldados, reclutar hombres y escribir cartas de convocatorias. Francisco Cisneros, fue otro escribano español que redactó cartas y programas, al igual que Esteban Escarcela y Mariano Banda.
Una mayoría de autoridades eclesiásticas no veía con buenos ojos esta rebelión, el mayor apoyo fue de los curas del llamado bajo clero, pertenecientes a las parroquias de las provincias del sur, que hablaban quechua o Aymara, lo que les permitía un mayor acercamiento con los indios.
Tanta influencia había alcanzado la iglesia en provincias que el Visitador José Antonio de Areche estuvo muy preocupado. Y no dejaba de tener razón porque, cuando el respaldo de los caciques se unió al clero, se propagó más rápidamente la rebelión
El 17 de noviembre Túpac Amaru arribó al pueblo de Sangarará, donde las autoridades españolas del Cusco habían colocado 900 hombres. El ejército revolucionario, que superaba los miles, terminó derrotándolos. Al día siguiente se cometió el error de destruir la iglesia donde se habían refugiado algunos jefes del ejército opresor, hecho que causó una fricción con el clero.
Micaela, luego de participar activamente en esta batalla, asumió importantes roles. Se dice que tenía un don especial de persuasión y que estaba más concientizada con la revolución, incluso más que su propio marido, porque había asumido responsabilidades en una época en que la mujer indígena era objeto de abusos y discriminación, por más que sea descendiente de nobles
Uno de los mayores problemas que enfrentaban los revolucionarios era la falta de armas de fuego porque los indígenas estaban prohibidos de tenerlas. Micaela fue la encargada de su aprovisionamiento, además de reclutar hombres, conseguir y distribuir dinero, alimentos y vestido. Igualmente, era la encargada de expedir los salvoconductos para facilitar el movimiento de quienes viajaban a través de los territorios liberados. También estaba a cargo de la retaguardia indígena, demostrando diligencia y capacidad.
Implementó importantes medidas de seguridad y luchó denodadamente contra el espionaje de las autoridades españolas. Asimismo estableció un eficiente sistema de comunicaciones organizando un servicio de chasquis, que en la época de los incas había tenido buen resultado, para llevar información dentro del territorio rebelde.

Con Micela trabajaba una verdadera legión de luchadoras andinas, quechuas y aymaras tanto en el campo de batalla como en la realización de estrategias, apoyando a las tropas.
Para Micaela, no se trataba solo de liberar a su pueblo de la explotación española, sino también de restablecer el rol de la mujer, permitiendo su participación en la vida social y política.
Con ella se hicieron líderes del movimiento Cecilia Túpac Amaru y la luchadora de Acos Tomasa Tito Condemayta. Estas valerosas mujeres estaban en las zonas de conflicto junto a sus hijos y maridos.
Micaela, con su carácter enérgico, le infundía aliento a Túpac Amaru en el mismo campo de batalla. Por eso, luego del triunfo de Sangarará fue constituida como jefe interino de la rebelión.
El 18 de noviembre de 1780, luego del triunfo en la batalla de Sangarará. Túpac Amaru lanzó un mensaje a los pueblos del Perú, convocando a los criollos a unirse a la causa india con estas palabras: “Vivamos como hermanos y congregados en un solo cuerpo. Cuidemos de la protección y conservación de los españoles, criollos, mestizos, zambos e indios por ser todos compatriotas, como nacidos en estas tierras y de un mismo origen”.
El ejército de Túpac Amaru contaba con siete mil hombres y mujeres dispuestos a pelear hasta la muerte contra la corona española. Micaela ya se había convertido en principal activista y consejera de Túpac Amaru participando en las tareas políticas, militares y administrativas, en las que demostraba convicción, claridad de pensamiento y sobre todo gran intuición.
En respuesta al levantamiento de José Gabriel, el visitador español José Antonio de Areche actuó de inmediato moviendo tropas desde Lima y desde Cartagena de Indias, hoy Colombia, logrando reclutar más de 17.000 hombres.
Los hombres reclutados en Lima fueron directamente a Cusco para repeler a las huestes rebeldes que ya estaban dispuestas a capturar Cusco, operativo programado para el mes de diciembre.
Micaela aconsejaba realizar un ataque inmediato y sorpresivo hasta lograr la rendición de la ciudad imperial. Pero su marido no la escuchó y, en un grave error táctico, se fue a Yauri para pedir que se unan más efectivos y solicitar más apoyo de parte de los curacas, siendo delatados por un traidor.
Es cuando Micaela le escribe esta carta, cuyo original se encuentra, igualmente, en el archivo de Indias.
Chepe mío:
Tú me has de acabar de pesadumbres, pues andas muy despacio paseándote en los pueblos y más aún en Yauri, tardándote dos días con gran descuido, pues los soldados tienen razón de aburrirse e irse cada uno a sus pueblos.
Yo ya no tengo paciencia para aguantar todo esto, pues yo misma soy capaz de entregarme a los enemigos para que me quiten la vida porque veo el poco anhelo con que ves este asunto tan grave que corre con detrimento de la vida de todos, y estamos en medio de los enemigos, no tenemos segura ahora la vida. Y por tu causa a pique de peligrar todos mis hijos y los demás de nuestra parte.
Harto te he encargado que no te demores en esos pueblos donde no hay que hacer cosa ninguna, pero tú te ocupas en pasear sin traer a consideración que los soldados carecen de mantenimiento, aunque les dé plata. Y esta que se acabará al mejor tiempo. Y entonces se reirán todos, dejándonos desamparados para que paguemos con nuestras vidas, porque ellos, como habrás reconocido, solamente van al interés y a sacarnos el ojo de la cara, y más ahora que los soldados se van retirando, con la voz que Vargas y Oré habían esparcido de que los de Lampa, unidos con otras provincias y Arequipa, te van a cercar. Y se han animado, procurando remontarse, temerosos del castigo que les pudiera sobrevenir. Y se perderá toda la gente que tengo prevenida para la bajada al Cusco. Y este se unirá con los soldados de Lima que ya tienen muchos días en camino.
Todo esto te lo prevengo, como que me duele, pero si tú quieres nuestra ruina, puedes echarte a dormir, como tuviste el desahogo de pasearte solo por las calles de Yauri, hasta que llegaste al extremo de subir a la torre, cuando en ti no cabía pasar a estos excesos en la estación presente, pues estas acciones no correspondían a tu honor, sino a difamarte y que hagan poco concepto de tu persona.
Yo creí que de día y de noche estuvieses entendiendo disponer estos asuntos, y no tanto descuido que me quita la vida, que aún ya tengo carnes ni estoy en mí, y así te pido adelantar este particular.
Tú me ofreciste cumplir tu palabra, pero desde ahora no he de dar crédito a tus ofrecimientos, pues me has faltado a tu palabra.
Yo no siento perder mi vida, sino la de esta pobre familia que necesita todo auxilio. Y así viniesen los de Paruro, como te insinué en mi anterior carta, estoy pronta a caminar con la gente, dejando a Fernando en un lugar destinado, pues los indios no son capaces de moverse en este tiempo de tantas amenazas.
Bastantes advertencias te di para que inmediatamente fueses al Cusco, pero has dado todas a la barata, dándoles tiempo para que se prevengan, como lo han hecho poniendo los cañones en el cerro de Picchu, y otras tramoyas tan peligrosas que ya eres sujeto de darles avance y a Dios que te guarde muchos años.
Tungasuca, diciembre 6 de 1780.
Es tu esposa, Mica.
PD: También te hago presente cómo los indios de Quispicanchis ya se hallan rendidos y aburridos con tanto tiempo de servir de guardias. En fin Dios querrá que padezca por mis pecados.
Después de concluida esta, he tenido propio, que me da noticia cierta que los de Paruro. Y así voy a caminar aunque sepa perder la vida.
Micaela aconsejaba realizar un ataque inmediato para lograr la rendición de las autoridades cusqueñas, pero no se la escuchó. Túpac Amaru pensó que era preferible esperar y recorrer otros pueblos en busca de adhesiones porque su movimiento debería contar con el respaldo popular para hacerse invencible.
Esas vacilaciones le hacen perder valioso tiempo que es aprovechado por las fuerzas españolas. Seguramente otra hubira sido la historia si le escuchaba a Micaela.

Es cuando su ejército empezó a desintegrarse. Los criollos fueron los primeros en abandonarlo para unirse a las fuerzas del virrey.
Finalmente, Micaela, desesperada, le escribe otra carta:
Querido Chepe:
Hallándome prevenida para marchar el lunes once del corriente para Paruro, a cuyo efecto estoy convocando a todos los indios de todos los pueblos porque son muchos los padecimientos de los infelices indios de Acos y Acomayo. Están llenos de miedo con la salida de los soldados de aquel pueblo, fuera que se van remontando a los cerros porque no les acaben sus ganados.
La mira que llevo es hacer más gente (después de contenerlos en estos excesos) para estar rodeando poco a poco al Cusco que se halla con bastante fortaleza, según te previne en mi anterior carta. Porque si andamos con pie de plomo todo se llevará la trampa.
Yo no me descuido de estar escribiendo a los caciques de Maras y Paucartambo. Solo tú ganas mucha cachaza dando tiempo a los enemigos para que se armen y hagan destrozos con nosotros.
Al tiempo de estar escribiendo esta, llegó el padre de Ambrocio, quien había ido al Cusco y cuenta que tienen mucha prevención para salir por acá. Que en el rodadero hay soldados. En el portal de la Compañía 4 cañones, y en la parte de arriba 3. Que están ensayando a la carrera más de mil y tantos soldados, aunque a este le han expresado que hay más de 12 mil. Que también en San Borja hay cuartel. Que los corregidores de Abancay, Paruro, Calca, Cotabambas y el de Chumbivilcas están haciendo sus posiciones de soldados y que determinaron salir para el martes pasado 5 del corriente,. Para todo esto has dado lugar con tu tardanza.
También a este tiempo llegó la inclusa de Sucacagua, en respuesta de una que le escribí, la que te impondrá lo que hay en el particular. Ya que te has hallado en esos lugares, caminaremos el día citado a entregarnos y morir sin remedio.
Es tu Mica.
Tungasuca, diciembre de 1780.
Tal como lo advirtió Micaela, Túpac Amaru fue rodeado y emboscado luego de la batalla de Checacupe y finalmente capturado en Langui. Lo mismo hicieron con Micaela, sus hijos Hipólito de 18 años y Fernando de 10. Asimismo, varios de sus familiares fueron apresados y llevados a Cusco, donde permanecieron presos en el convento de la Compañía de Jesús, convertido en cuartel militar.
Allí fueron sometidos a interrogatorios y torturas para ubicar al resto de las tropas rebeldes. Les prometían disminuir la pena si delataban a sus amigos, Como no lograron conseguir de ellos ninguna información, el 14 de mayo fueron condenados a la pena capital.
La sentencia ordenaba el “descuartizamiento en vida para el jefe principal, mutilaciones y pena de muerte para los otros reos, amén de otros castigos”.
El 6 de abril de 1781, Túpac Amaru fue llevado a Cusco encadenado y montado en una mula. Ingresó a la ciudad “con semblante sereno”, de acuerdo a la versión de sus mismos custodios, mientras las campanas de la Catedral repicaban celebrando su captura.
Fue confinado en el convento de la Compañía de Jesús, interrogado y torturado con la finalidad de arrancarle información acerca de sus compañeros de rebelión en Cusco y en otras ciudades y de la cantidad y ubicación de sus tropas que aún mantenían en su poder grandes territorios.
Las torturas fueron inútiles porque el líder de la revolución no soltó prenda alguna. Más bien trató de enviar mensajes escritos con su propia sangre, pero estos fueron interceptados. Como consecuencia del duro castigo tenía fracturado el brazo derecho. Cuando el corregidor Areche lo interrogaba y le exigió que admita su culpabilidad, Túpac Amaru II le respondió:
– Aquí no hay más culpables que tú y yo. Tú por oprimir a mi pueblo y yo por tratar de libertarlo.
En otra celda, cuando la estaban preparando para la muerte, Micaela les dijo a sus custodios:
-Por la libertad de mi pueblo he renunciado a todo. No veré florecer a mis hijos.
La sentencia de ejecución de Areche tenía el siguiente texto.
“…debo condenar y condeno a ]osé Gabriel Condorcanqui, Túpac Amaru II, a que sea sacado a la plaza principal y publica de esta ciudad, arrastrado hasta el lugar del suplicio, donde presencie la ejecución de las sentencias que se dieren a su mujer, Micaela Bastidas, sus dos hijos, Hipólito y Fernando Túpac Amaru, a su tío Francisco Túpac Amaru, a su cuñado Antonio Bastidas, y a algunos de los otros principales capitanes y auxiliadores de su inicua y perversa intención o proyecto, los cuales han de morir en el propio día. Y concluidas estas sentencias, se le cortará por el verdugo la lengua, y después, amarrado o atado por cada uno de los brazos y pies con cuerdas fuertes, y de modo que cada una de estas pendan de las cinchas de cuatro caballos, para que, puesto de este modo, o de suerte que cada uno de estos tire de su lado mirando a otras cuatro esquinas o puntas de la plaza, marchen, partan o arranquen a una voz los caballos de forma que quede dividido su cuerpo en otras tantas partes, llevándose éste luego que sea hora al cerro o altura llamada de Picchu, a donde tuvo el atrevimiento de venir a intimidar, sitiar y pedir que se le rindiese esta ciudad, para que allí se queme en una hoguera que estará preparada, echando sus cenizas al aire, y en cuyo lugar se pondrá una lápida de punta que exprese sus principales delitos y muerte, para memoria y escarmiento de su execrable acción…”
El 18 de mayo de 1781, en evento público en la Plaza de Armas de Cusco, se cumplió la ejecución de Túpac Amaru II, su familia y algunos seguidores.
Los prisioneros fueron sacados de sus calabozos metidos en costales y arrastrados por caballos hasta el centro de la plaza. Túpac Amaru fue obligado, tal y como señalaba la sentencia, a presenciar la tortura y asesinato de sus aliados y amigos más cercanos, su tío, sus dos hijos mayores y finalmente su esposa, en ese orden.
A Micaela la hicieron subir al tabladillo a la vista de su esposo y de su hijo Fernando. Fue cuando ambos esposos, por última vez cruzaron sus miradas. Micaela movió los labios como diciéndoles “los amo” y empezó a luchar con sus verdugos, hasta que finalmente la sometieron y le cortaron la lengua. Como su cuello era muy delgado no alcanzaba el torno para ahogarla. Fue entonces que le colocaron lazos que los estiraban de uno y otro lado hasta estrangularla, al mismo tiempo que le propinaban de garrotes y terminaron matándola pateándole en el estómago y los pechos.
Así, a los 36 años de edad, culminaba la existencia de esta valerosa mujer abanquina que se entregó a la causa revolucionaria de su esposo, por amor y convicción.
El dolor de Túpac Amaru fue indescriptible. Al verla que la asesinaban de la forma más cruel, quería zafarse de sus ataduras para ir a salvar a su amada Mica, pero fue imposible por la forma cómo estaba amarrado.
Y, luego, tal como hicieron con varios de sus lugartenientes, con su tío y su hijo mayor, le cortaron la lengua. Intentaron descuartizarlo vivo, atando cada una de sus extremidades a 4 caballos para arrancárselas, tal como decía la sentencia, pero al no poder cumplir su cometido, sus verdugos optaron por decapitarlo y posteriormente despedazarlo. A última hora, Areche dispuso que su cabeza sea colocada en una lanza y exhibida en Cusco y Tinta, sus brazos en Tungasuca y Carabaya, y sus piernas en Livitaca (actual provincia de Chumbivilcas) y en Santa Rosa (Melgar- Puno).
Del mismo modo, despedazaron los cuerpos de sus familiares y seguidores para enviarlos a otros pueblos y ciudades.
Fernando, de apenas 10 años, fue el único que no fue ejecutado pero sí obligado a presenciar el suplicio y muerte de toda su familia y a pasar por debajo de la horca de los ejecutados.
Cuando era desterrado al Africa donde debía cumplir prisión perpetua, la embarcación que lo transportaba zozobró y él y sus custodios se salvaron, siendo conducido a Cádiz y encerrado en una mazmorra a sugerencia del virrey Agustín de Jáuregui, por temor a que alguna potencia enemiga lo rescatara en el viaje a Africa. Falleció en España en 1798.
Por sus ideales de justicia y libertad, defendidos hasta la muerte, Micaela se convirtió en una leyenda y sirvió de inspiración para que las nuevas generaciones de mujeres lucharan por defender sus derechos. Desde entonces, la mujer abanquina lleva en su sombrero una cinta negra en señal de duelo eterno.
El decreto del visitador Antonio de Areche, que siguió a la ejecución de Túpac Amaru II, incluyó la prohibición de la lengua quechua, el uso de ropas indígenas, y virtualmente cualquier mención o conmemoración de la cultura incaica y de su historia.
Sin embargo de esta atroz ejecución y medidas impuestas, el virrey no logró sofocar la rebelión sino, todo lo contrario, alentarla más. La primera respuesta rebelde fue acaudillada por el primo de José Gabriel, Diego Cristóbal Túpac Amaru y luego se extendió al Alto Perú y a la región de Jujuy en la Argentina. Los criollos, por su parte, empezaron a dar muestras de rechazo a la corona española hartos de tanta prepotencia y abusos, siendo objeto de persecuciones.
La fama de Túpac Amaru, tras su muerte, se extendió rápidamente, a tal punto que los indígenas sublevados en el llano de Casanare, en la región de Nueva Granada, lo reconocieron como rey de América.
Muchos movimientos posteriores invocaron su nombre para obtener el apoyo de los indígenas, como es el caso de Felipe Velasco Túpac Amaru Inca o Felipe Velasco Túpac Inca Yupanqui, quien pretendió levantarse en Huarochirí (cerca a Lima) en 1783.
Túpac Amaru II fue calificado como liberador de los oprimidos. Y su rebelión fue la chispa que encendió la pradera. Su acto heroico se extendió por todo el territorio nacional y América
Por eso, el mejor homenaje que podemos darle a esta heroica pareja de esposos es repasando cada 18 de mayo el Canto Coral a Túpac Amaru de Alejandro Romualdo.
Lo harán volar
con dinamita. En masa,
lo cargarán, lo arrastrarán. A golpes
le llenarán de pólvora la boca
Lo volarán:
¡y no podrán matarlo!
Lo pondrán de cabeza. Arrancarán
sus deseos, sus dientes y sus gritos,
Lo patearán a toda furia. Luego
lo sangrarán
¡y no podrán matarlo!
Coronarán con sangre su cabeza;
sus pómulos, con golpes. Y con clavos
sus costillas. Le harán morder el polvo
Lo golpearán:
¡y no podrán matarlo!
Le sacarán los sueños y los ojos
Querrán descuartizarlo grito a grito.
Lo escupirán. Y a golpes de matanza
lo clavarán:
¡y no podrán matarlo!
Lo podrán en el centro de la plaza,
boca arriba, mirando al infinito.
Le amarrarán los miembros. A la mala
tirarán:
¡y no podrán matarlo!
Querrán volarlo y no podrán volarlo.
Querrán romperlo y no podrán romperlo.
Querrán matarlo y no podrán matarlo.
Querrán descuartizarlo, triturarlo,
mancharlo, pisotearlo, desalmarlo.
Querrán volarlo y no podrán volarlo.
Querrán romperlo y no podrán romperlo.
Querrán matarlo y no podrán matarlo.
Al tercer día de los sufrimientos,
cuando se crea todo consumado,
gritando ¡libertad! sobre la tierra,
ha de volver.
Y no podrán matarlo.

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Un pensamiento en “MICAELA BASTIDAS PUYUCAHUA : LA VERDADERA HISTORIA ( Por: HEBERTH CASTRO INFANTAS)

  1. muy bueno y exelente articulo que nos hace vibrar el alma de tristeza,debemos mantener vivo este acontecimiento ,para no olvidarlo jamas y que nos sirva de ejemplo para que en la actualidad,estemos unidos,criollos mestizos ,indios,morenos,nuestros hermanos de la selva que poco les mencionamos, y todos los peruanos sin exepcion ,para luchar por el desarrollo de nuestra querida Patria el PERU.

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